[vc_row][vc_column][vc_custom_heading text=»Mínimas y sagradas: todas las músicas de un mismo Dios
Por Hachè Costa» font_container=»tag:h2|text_align:center» google_fonts=»font_family:Hind%3A300%2Cregular%2C500%2C600%2C700|font_style:400%20regular%3A400%3Anormal»][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column width=»1/6″][/vc_column][vc_column width=»2/3″][vc_column_text]Al menos en lo tocante a la música, los dioses gustan de las cosas pequeñas. Ya sea en el trazo de un rezo budista, ya sea en los límites difusos que dimanan de los himnos y canciones cristianas, las líneas maestras de aquello que podríamos calificar de sonido sacro son prácticamente las mismas para la Humanidad al completo: quietud en las formas; calma estática; consecuentemente, un uso de elementos vocales e instrumentales mínimos con los que dibujar el puente hacia la divinidad. La cuestión preserva su lógica intacta a través de todo siglo, y si bien la naturaleza terrenal de asuntos tales como las vestimentas o los lugares de culto han sido objeto de innumerables consideraciones atendiendo a lo apropiado – o no – de su excesiva ornamentación, lo adecuado de una expresión musical religiosa parca y llana apenas ha supuesto motivo de confrontación. Cierto es que ha habido excepciones puntuales [el mismísimo J. S. Bach a la cabeza], pero dichas posturas no encontraron eco alguno en el que solidificarse: obras similares al famoso Stabat Mater de Rossini no tienen hoy defensores para su impostada espiritualidad, mientras que en el polo contrario resulta ilustrativa la absoluta prohibición de la música en sociedades engullidas por sus creencias, estando tal vez la de los amish norteamericanos en destacada primera posición.
Sin llegar a semejantes extremos, está fuera de toda duda que la sencillez artística ha constituido un valor apreciado desde la Antigüedad. Ya nos advertía Platón, en un temprano República, acerca de lo poco conveniente de algunas prácticas sonoras concretas, aunque la triple problemática inherente a la comprensión de su texto [filosófica, filológica y musical] no nos permite saber exactamente a qué se refería su autor, más allá de intuir que se trata de un precepto moral. En otras ocasiones, esta prescripción no responde a un código ético sino que supone únicamente un convite a la meditación, a la introspección como vía de acercamiento a lo divino, haciendo uso siempre, eso sí, de sonidos muy resonantes.
En el momento en el que uno se adentra en la definición de lo resonante, atraviesa una puerta de una complejidad comparable a esa Santísima Trinidad en la que una sola cosa es varias cosas a la vez. Resumiendo, podemos afirmar que un sonido resuena cuando todos sus componentes guardan una relación determinada en sus frecuencias. Para entendernos: un sonido siempre es algo compuesto, tiene a un tiempo una frecuencia principal y otras frecuencias secundarias, y, solamente si todas estas frecuencias mantienen entre ellas esa estrecha relación mencionada, la tradición hablará entonces de sonidos resonantes y musicales. Y sin pretender alimentar el debate que surge al respecto de la presente categorización hoy en día, el hecho de que un Todo pueda ser dividido en pequeñas partes diferenciadas [sin dejar de ser ese Todo] parece resultar absolutamente atractivo para la inspiración artística de carácter sagrado. [/vc_column_text][/vc_column][vc_column width=»1/6″][/vc_column][/vc_row]