[vc_row][vc_column][vc_custom_heading text=»Sólo por un instante
Por Anna Tavali» font_container=»tag:h2|text_align:center» google_fonts=»font_family:Hind%3A300%2Cregular%2C500%2C600%2C700|font_style:400%20regular%3A400%3Anormal»][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column width=»1/6″][/vc_column][vc_column width=»2/3″][vc_column_text]Aquella tarde, un camión de mudanza se paró delante de nuestro edificio. Algunos curiosos, entre los que me encontraba, nos asomamos a las ventanas para averiguar qué estaba pasando. En casos como este, siempre salía a colación el mismo reproche de mi mujer. Que yo era un cotilla. Mi mujer, Marga, había salido con la niña de compras, pero escuché igual el reproche, de tan interiorizado que lo tenía. A veces pienso que los matrimonios se destruyen por acumulación inconsciente de palabras y tonos asociados que resultan irritantes. De pronto un día que no está sucediendo nada reseñable, te resuena eso en la cabeza de tal modo que no puedes más. Y ahí se acaba todo. Yo consigo ver claramente la cara que pondría mi mujer si llegara el caso. No creo que comprendiera la desgarradura de un sonido constante como el de cotilla en el interior de uno. O puede que sí y sea yo el que no entiende nada.
Una pareja joven salió del portal y saludó a los del camión, dos individuos vestidos con mono de trabajo azul, cuyo atuendo no los hacía más profesionales pero sí acordes con la situación que les ocupaba. Soy muy sensible a cosas así, si algo chirría en un paisaje, enseguida me pongo alerta. Mi mujer me dice también que soy desconfiado y que así no se puede ir por la vida, aunque por ahora no me ha ido mal del todo. En los negocios has de estar constantemente pensando quien es el que te va a engañar para conseguir neutralizarlo. Estaban bajando un sofá que, dicho sea de paso, no parecía demasiado cómodo. Me los imaginé sentados allí intentando hablar de algo que tuviera sentido para ambos, sin encontrarlo, moviéndose continuamente en busca de una postura ideal para decirlo todo de una vez. No sé por qué me los imaginé así, como en crisis. Quizá fueron los ojos de ella. Azules pero apagados, no sé si me explico. Del tipo que enseguida piensas que, para eso, mejor de otro color. Al darse la vuelta y girarse hacia la casa, observé también que él hacía unos movimientos espasmódicos con la cabeza, al tiempo que parecía estar guiñando constantemente. Yo pensé: pues menudos dos, el uno con el tic y la otra con ojos gélidos. Y después pensé: ¿tendrán hijos? Y eso sí que fue un poco cruel, lo sé.
Estuvieron una media hora más descargando cajas y muebles que no parecían combinar demasiado entre sí. Uno siempre se pregunta si los que van a vivir a tu lado serán buena gente, quiero decir, si serán de esos con los que puedes entablar una conversación más allá del ascensor, si en un determinado momento puedes llamar a su puerta para pedir un poco de sal o, ya poniéndonos en lo peor, si puedes contar con ellos en caso de emergencia. Como, según mi mujer, soy desconfiado, tengo que decir que no me resultaron honestos cien por cien. Había algo extraño en ellos, aunque no sabría precisar qué – salvando esas expresiones faciales peculiares –. Antes de alejarme de la ventana eché un vistazo hacia las otras ventanas de las casas que alcanzaba a ver desde mi posición y comprobé que había bastantes cotillas como yo contemplando la operación mudanza. Eran todo hombres de una edad aproximada a la mía. Dí un respingo. Lo encontré demasiado inquietante.
Pasado un mes, aproximadamente, mi mujer y ojos gélidos eran uña y carne. Iban juntas de compras, llevaban a la niña al parque, salían alguna noche “a respirar”, decían, y hacían planes para un montón de cosas, algunas de las cuales me dejaban saber y otras, deliberadamente, me escondían. Las oía cuchichear por todos lados, y eso, he de confesarlo, me ponía nervioso. Con el del tic no podía compartir estos problemas porque a él no parecía importarle lo más mínimo lo que su mujer y la mía hicieran. Puedo entender que con un tic semejante estés más pendiente de lo tuyo que de lo de los demás, pero, aún así, la total indiferencia me hacía sospechar. Había noches en las que ellas preferían respirar dentro de casa y organizaban una reunión de parejas. Entonces venían a nuestro piso, Marga cocinaba algo sabroso y yo preparaba algunas bebidas. El tic no tomaba alcohol, según nos dijo, y yo me solidaricé con él de inmediato. Pensé en la cantidad de cosas a las que deben renunciar los seres con tics profundos. No porque en realidad les estén vetadas, más bien, por la imagen extraña que pudieran transmitir. Por un momento me lo imaginé como una cuba y me resultó desagradable. Uno ya se tambalea bastante sin necesidad de espasmos añadidos. Durante esas reuniones él no hablaba apenas y a mí se me hacía cuesta arriba introducirme en la conversación que mantenían las mujeres. Parecían felices compartiendo anécdotas, se reían constantemente y yo, al principio, prestaba atención, porque creía que reírme tampoco me vendría mal del todo, pero no le veía la gracia a lo que contaban y acababa por perder el hilo.
De pronto, un día, todo esto me resultó absurdo. Marga estaba en el baño de nuestro dormitorio quitándose el maquillaje y echándose una crema a la que después seguirían unas gotas de algo que yo nunca logré discernir y luego una especie de bolitas blandas, que parecían píldoras transparentes y que yo una vez me tragué por error creyendo que eran mis pastillas del estómago. Lo mal que lo pasé ese día no quiero ni recordarlo. A ella nunca se lo conté, ni siquiera esa noche en que miraba el bote abierto un poco desconcertada, como si no se lo creyera, porque Marga es muy cuidadosa con todos sus cosméticos. Yo estaba ya en la cama, esperándola, y dispuesto a compartir mis preocupaciones. Pero tardaba tanto que ya no pude más.
– ¿Hasta cuándo va a durar esto?, pregunté, probablemente con un tono más ansioso del que hubiera deseado.
– Termino enseguida, me contestó. Su voz sonaba de lo más pausada.
– No me refiero a eso, sino a todo esto, dije yo, y me di cuenta de que no se entendía nada.
Ella se asomó un segundo y vi una cara muy brillante con expresión extraña. Pero no me dejé impresionar por esa visión y continué.
– Estoy hablando de todo este asunto con los vecinos.
Apagó la luz del baño y salió con calma, como a cámara lenta, cosa que a mí me dio un poco de miedo. Se acercaba a la cama dándose unos golpecitos alrededor de los ojos. Sabía, porque se lo había preguntado intrigado en una ocasión, que lo hacía para que la crema penetrara con más eficacia en la piel. Intenté tranquilizarme pensando que ese tipo de conocimientos en un matrimonio es buena señal, es señal de que la comunicación fluye de manera adecuada.
– ¿Qué asunto?, preguntó.
– El que te pases todo el día con ojos gélidos.
– ¿Con quién?, dijo, y frunció el ceño.
No era un buen comienzo. Pero yo estaba ya dispuesto a soltarlo de una vez por todas.
– ¡Con la vecina!, ¡con quién va a ser!, ¡todo el santo día de aquí para allá, que si de paseo, que si “respirando”, ¡Estoy harto!
Ella me miró fijamente. Su cara, lo juro, brillaba mucho con tanto potingue. Si no fuera por el momento, me hubiera reído, pero no me pareció nada oportuno, así que me contuve.
– ¿Y qué me dices del tic?, proseguí, ¿eh? ¿No te parece raro?
– ¿El que?
– ¡Que no diga nada! ¡Que no haga nada!
– No es muy hablador, es cierto, pero vive en un mundo interesante que no muestra a cualquiera.
Dicho esto, Marga se ruborizó. A pesar de la crema, sentí ese calor. Movió las piernas nerviosamente y tiró de la manta hasta la barbilla.
Después cerró los ojos.
– ¿Qué quieres decir? Mi voz sonó suave porque de repente el enfado se había esfumado y había dejado paso a otra cosa aún indefinida. Ella sin abrir los ojos contestó:
– Que las cosas no siempre son como parecen, señor desconfiado. Y después se dio media vuelta y susurró buenas noches.
No lo puedo asegurar, porque no lo vi. Pero estoy dispuesto a jurar que estaba sonriendo.
Transcurrieron otros dos meses, más o menos, desde aquel intento frustrado de conversación durante los cuales lo único que había cambiado era mi manera de enfrentarme a las circunstancias. Llegó un momento en que aprendí a comportarme como el del tic, tan solo pendiente de su rico mundo interior. Hasta creo que conseguí construirme un universo propio que yo llamaba mi órbita. Marga lo tomó bien, como con alivio. Le decía a ojos gélidos “está en su órbita” y después sonreían un poco y se iban a respirar. Alcanzamos así una especie de acuerdo y todo transcurría bien, sin sobresaltos, como si hubiéramos encontrado un modo perfecto de no agresión basado en habitar cada uno su propio espacio y procurar no colarse en el de los demás. Yo me sentía tranquilo y hacía tiempo que no me resonaba nada en la cabeza. Mi mujer parecía feliz. O eso pensaba, porque, de improviso, una tarde me dijo:
– ¿No te estás volviendo un poco pasota?
Yo me puse alerta.
– ¿Qué quieres decir?, pregunté, pero nervioso.
– Que ya casi no me preguntas nada de adónde voy o lo que hago. Parece que ya no te interesa en absoluto.
Yo pensé, esta sí que es buena, aunque no lo dije. También se me ocurrió contestar algo del mundo interior, sin embargo me sonó a reproche y preferí guardármelo. Quería que todo fuera bien con Marga porque no siempre, pero a veces, la echaba de menos. Así que me callé.
– ¿Ves?, dijo, es como si no te importara.
Ahora sí que tenía que decir algo, de lo contrario ella pensaría que le estaba dando la razón. Y no era exactamente eso, era que no tenía nada que decir. Creo que me inquietó un poco comprobar que el intento de conversación se iba a acabar ahí como yo no pusiera
remedio, pero cuanto más pensaba una respuesta, más vacío encontraba. Entonces me asaltó una idea loca: ¿y si esto fuese el fin de mi matrimonio? Recordé las confesiones de algunos amigos sobre los fracasos de sus vidas en pareja y de pronto me sonaron muy similares a lo que yo estaba viviendo. Los segundos pasaban y no era capaz de articular palabra. Y tampoco escuchaba nada de lo que decía Marga, que no había parado de hablar. Sólo la veía gesticular ampliamente, como si estuviera viviendo un gran drama. A mí, la verdad, me pareció sobreactuado, y fue ahí cuando comencé a sospechar. Intenté concentrarme, dejar a un lado las impresiones y detenerme sólo en los hechos. Ella creía que me había vuelto pasota. De desconfiado a pasota hay un mundo que no tenía claro haber recorrido. Pensé en la vuelta que había dado todo en poco tiempo, en la vida que llevábamos antes de los vecinos y qué podía significar la situación actual. Pensé en nuestra hija que, si soy sincero, había ganado con el asunto, porque ojos gélidos era muy maternal y se ofrecía voluntariamente a cuidarla o llevarla de paseo, tras lo cual la niña siempre volvía entusiasmada. También pensé un segundo en que ese entusiasmo no se lo había notado nunca cuando estaba con nosotros y sentí como una punzada de celos. Y finalmente, me vino a la cabeza el del tic. Me pregunté qué papel jugaba él en todo esto. Aquella noche en el dormitorio, por más que insistí, Marga siguió negándose a explicarme qué había querido decir con eso del mundo interesante que no muestra a cualquiera. Noté cómo me subía calor a la cara y cómo se iba formando ese sentimiento de rencor que, ahora sí, no paraba de crecer. Marga seguía hablando. Puse atención:
– ¿No te parece?, me preguntó como con despecho.
Yo la miré, y puedo constatar que no era una mirada agradable. Me pareció que ella se asustaba un poco porque retrocedió instintivamente. Me levanté despacio. No sabía lo que Marga había estado diciendo aunque no me importó. Lo único que odié fue parecerme un poco a las historias de mis colegas separados. Pero fue lo único.
– Supongo que te llamará mi abogado, dije. Y, lo reconozco, me resultó placentero ver, de reojo, su cara de sorpresa.
Una vez fuera de casa, me dirigí al coche que tenía aparcado justo enfrente del edificio. Antes de entrar en él, alcé la vista. Había siluetas en varias ventanas entre las que pude distinguir con total claridad la correspondiente a la del tic. Experimenté un escalofrío. Subí al coche y me alejé a toda velocidad pensando en qué demonios iba a hacer a partir de ahora. Fue sólo un instante, pero creo que sentí felicidad.
Fin[/vc_column_text][/vc_column][vc_column width=»1/6″][/vc_column][/vc_row]